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Rvda. Presb. Ana Lago“Di parte de mi vida enseñándoles a los estudiantes valores sobre la dignidad del ser humano, la salud integral del paciente, no sólo del aspecto físico”

Por: SANDRA CAQUÍAS CRUZ / end.scaquias@elnuevodia.com

Enfermera, maestra y sacerdote han sido los tres roles que han monopolizado la vida de Ana Mercedes Lago Correa, la tercera mujer que la Iglesia Episcopal ordenó sacerdote en suelo puertorriqueño.

“Hay que seguir orando por la ordenación de la mujer en la Iglesia Católica Romana. Yo espero que la Iglesia romana, algún día abra sus puertas (a que la mujer pueda ser sacerdote). Eso sería una bendición”. Esta expresión no es de una católica. Así se expresa la sacerdotisa episcopal Lago Correa –a quien también se le identifica como reverenda presbítera- , la única puertorriqueña que en la década del 1970 viajó a Estados Unidos para, en una convención general de la Iglesia Episcopal, defender el que las mujeres pudieran ejercer el sacerdocio. Sin embargo, en ese entonces, revela, en su mente no estaba ordenarse sacerdote.

Tampoco lo pensó cuando, de niña, acompañaba a su mamá a la iglesia episcopal San Marcos, en la comunidad Maguelles, de Ponce, donde, junto a una amiga, que como ella no era mayor de 10 años, se encargaba de lavar las escalinatas de la iglesia. “Me crié en la iglesia”, subraya y menciona varias organizaciones de laicos a las que perteneció. “Era diputada laica”, puntualiza, ya que el llamado para ser sacerdote llegó décadas después.
En realidad, lo que siempre soñó fue ser enfermera, quizás porque lo llevaba en la sangre. Su mamá, Victoria Correa, era la comadrona del barrio. Se puede entender que por eso las tres hermanas estudiaron enfermería y el único hermano varón trabajó en un hospital. Su padre, Francisco Lago, era cochero y los cuatro fueron criados en la fe de la Iglesia Episcopal.

Correa, de 73 años de edad, estudió en un programa de enfermería que tuvo el Hospital Episcopal San Lucas. Al poco tiempo de empezar, se enfermó de los riñones. Regresó más tarde y completó su sueño. Llevaba un año trabajando cuando la Iglesia le otorgó una beca para hacer una carrera universitaria en esa profesión.

Con la beca alcanzó un bachillerato en ciencias de enfermería de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, donde también estudió una maestría en educación y otra en ciencias, ambas con el fin de dar clases a las que querían ser como ella. En las noches era la directora de la residencia de enfermeras que tenía el hospital San Lucas, donde laboró hasta 1970, cuando decidió entregarse por completo a la cátedra. Más de 500 enfermeras pasaron por su salón de clases.

“Yo defiendo a la enfermera porque es la que más cerca está del paciente, dándole los cuidados que necesita, pero yo soy defensora del paciente”, explica cuando se refiere a aquéllos que, al parecer, la han acusado de defender en exceso a estas profesionales de la sanidad.

“Di parte de mi vida enseñándoles a los estudiantes valores sobre la dignidad del ser humano, la salud integral del paciente, no sólo del aspecto físico”, abunda la sacerdotisa Lago Correa, quien está especializada en salud mental y siquiatría. También tomó cursos sobre las etapas de la muerte y sobre el cuidado y los derechos del moribundo.

Los estudios de teología los comenzó en 1980. Primero se convirtió en diácono. En 1987 fue ordenada sacerdote de la Iglesia Episcopal, lo cual sucedió meses después de la muerte súbita de un párroco al que tuvo que sustituir. Hace más de dos décadas que esta mujer sacerdote tiene a su cargo la parroquia Santo Nombre de Jesús, en la comunidad Pastillo Canas, en Ponce y allí brinda dirección espiritual a más de 150 fieles. Entre sus tareas también se encuentra el coordinar diversas actividades, entre ellas llevarle alimento a los deambulantes y darles ayuda a los desempleados.

¿Cómo describe estos tiempos? “Puerto Rico está viviendo un momento muy difícil. La familia es disfuncional, está fragmentada, herida. El crimen y la droga son un veneno. Hay pérdida de valores”, reflexiona. Le preocupa que para los jóvenes no sea importante el ir a la iglesia. “Y los padres lo apoyan. Los adultos hemos fallado en darle el ejemplo”, señala.

Una actividad a la que le dedica dos días a la semana es la de llegar al enfermo en hospitales y residencias. “Me encanta visitar enfermos”, afirma la enfermera, quien, a pesar de sus múltiples compromisos y de su cargada agenda nunca ha guiado un auto. “Nunca falté a una actividad por no tener transportación. Dios siempre provee”, asegura. En la juventud no aprendió a conducir “porque yo decía que nunca iba a poder comprar un carro”. Los estudios los completó caminando del hospital a la universidad, unos 30 minutos a pie.

Ana Mercedes nunca se casó, aunque confiesa que una vez coqueteó con la idea, pero se mantuvo enfocada en los estudios, la iglesia y el trabajo. “Tuve muchos novios”, cuenta la sacerdote, rubia y de grandes ojos verdes.

Y pese a que padece de diabetes, alta presión y osteoporosis, no tiene planes de retirarse ni de dejar de visitar a sus enfermos. “Quiero seguir amando y sirviendo”, concluye.

 


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