‘Oh Dios, tu nos has unido en una vida común. Ayúdanos para que en medio de nuestras luchas por la justicia y la verdad, nos confrontemos unos a los otros sin odio ni amargura y juntos trabajemos con paciencia y respeto mutuos; por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. (Libro de Oración Común, p. 714)
Nos mueve a esta comunicación pastoral la profunda preocupación por la situación de alteración social y gubernamental que experimentamos ante la reducción de empleados de industrias privadas, instituciones sociales y en el Gobierno de Puerto Rico, fundamentada en la situación financiera general que hemos estado experimentando en estos años, con la consecuencia de la limitación económica que impone sobre familias e individuos afectados.
En el Pacto Bautismal que afirmamos en cada ocasión en que celebramos el Sacramento del Santo Bautismo, el Sacramento de la Confirmación y la Recepción de nuevos miembros en la Iglesia Episcopal, se nos recuerda nuestro compromiso cristiano de que: ‘Buscarás y servirás a Cristo en todas las personas, amando a tu prójimo como a ti mismo’ y también que: ‘Lucharás por la justicia y la paz entre todos los pueblos y respetaras la dignidad de todo ser humano.’ Al así hacerlo, vemos que lo concerniente a la dignidad y derechos humanos es algo de gran importancia, tanto local como universal.
El tema del trabajo ha sido motivo de atención bíblico-teológica cuando desde al Antiguo Testamento, comenzando en el Libro del Génesis, se nos caracteriza a Dios como ‘trabajando’ en la creación del universo y la raza humana, como también en la responsabilidad dada de ‘cultivar y cuidar el Jardín del Edén’ (Génesis 2:15) y tal labor humana es vista en relación a la perfección de la creación. En la literatura sobre la Sabiduría, se condena la vagancia y los males que de ella provienen, viéndose el trabajo como algo que sirve el bien común. En el Nuevo Testamento, el mismo Jesús es inicialmente identificado como hijo de un carpintero que también desempeño esa labor (S. Marcos 6:3) A la luz de la en Encarnación, todo el significado de la existencia humana ha sido transformado y la persona cristiana es una ‘nueva criatura’ (Gálatas 6:15), que es ‘colaboradora con Dios’ (I Corintios 3:9), por lo cual nuestro trabajo ordinario diario, tiene también un significado transcendental y los cristianos/as deben probarse ser ‘dignos de su vocación’ (II Tesalonicenses 1:11-12). Al igual que en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento se enfatiza el deber de trabajar y los peligros de la vagancia, llegando a afirmarse en II Tesalonicenses que: ‘El que no quiera trabajar, que tampoco coma.’
Los vastos cambios económicos y sociológicos desde la Revolución Industrial, y aun más en nuestro tiempo, en los campos de la ciencia y tecnología, nos llevan a concientizarnos más de la naturaleza y significado del trabajo en las vidas de las personas y nuestra mutua responsabilidad:
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Entre esos cambios, está el ver el trabajo desde una óptica utilitarista, es decir, para obtener un ingreso económico, sin gran sentido del propósito del trabajo y su contribución al bien común. Con ello, se ha deshumanizado el trabajo como una vocación de vida y por sobre todo, se ha perdido el valor del servicio público como algo honorable que dignifica al servidor.
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Nuestros gobernantes y partidos políticos han creado, a través de décadas, el gigantismo y centralización burocrática que caracteriza los problemas en los servicios al ciudadano de parte del gobierno, llegando a tener una nomina más alta que otros estados comparables en población con Puerto Rico.
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Nuestros gobernantes y partidos políticos han promovido una mentalidad de dependencia en la responsabilidad del gobierno, de fondos federales y estatales, utilizándolo, además, como premio por lealtad o castigo por no pertenencia a los mismos. Esta no es la primera vez que distintos gobernantes y legislaturas han contratado o despedido empleados por esas razones.
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Nuestros gobernantes no han implementado un objetivo sistema de evaluación de desempeño, productividad y antigüedad en relación a esos criterios.
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Nuestros gobernantes no han propiciado en nuestro pueblo la importancia del presupuesto familiar ni el ahorro por lo que se ha entronizado el consumismo como una medida del éxito y felicidad, con la manipulación del comercio para compras impulsivas, la mayoría de las veces innecesarias.
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Nuestros gobiernos han propiciado una mentalidad y practica de juegos de azar en loterías y casinos que empobrecen más a los que gastan lo que sería necesario para una mejor vida en búsqueda de ese golpe de suerte y la adicción que ello desarrolla.
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Se ha ignorado el igual sufrimiento de las familias desempleadas en el sector privado que ha cerrado operaciones en Puerto Rico por razones de economía, el largo y costoso proceso de permisos, alto costo de producción por la energía eléctrica y la interminable burocracia del gobierno por su gigantismo centralizado. Se ha perdido la competividad de Puerto Rico en el mercado exterior y la creación de empleos no gubernamentales.
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Se ha ignorado el sufrimiento de las familias desempleadas en el sector privado o de servicio sin fines de lucro por el incumplimiento de pagos por parte de las agencias y compañías privadas que tienen los fondos, federales y locales, pero los retienen y aumentan en inversiones, mediante una política de denegaciones de servicios prestados y otras estrategias.
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Las uniones obreras, en muchas ocasiones, se han convertido en instrumentos de enriquecimiento de unos pocos, por lo cual recurren a métodos de amenaza, coacción y falta de análisis objetivo con tal de mantener los ingresos de cuotas.
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Nuestros gobernantes han promovido, mediante la permisibilidad o ignorancia sobre la corrupción, el deterioro de valores y la fibra moral fundamental de nuestro pueblo, lo cual ha generado la corrupción social de drogadicción, maltrato, violencia, hedonismo y egoísmo que nos caracterizan.
El empleo es la principal fuente de ingreso de la mayoría de las personas en una sociedad industrializada en los países desarrollados o en vías de desarrollo, como el caso de Puerto Rico. Por ello, la oportunidad de que toda persona pueda tener un empleo digno y con un sentido de servicio público es el fundamento de una economía justa y saludable.
En este proceso, el orden económico en que una sociedad se desarrolla, requiere atención cuidadosa, tanto en cuanto es necesario o cuando es demasiado para la consecución del bien individual y común. Al llegar a la situación actual, debemos reconocer que no es la responsabilidad de una u otra administración, partido político y persona, sino el cúmulo de las promesas electorales, dependientes para su cumplimiento en la emisión de bonos, que no es otra cosa que un préstamo al gobierno y al pueblo de Puerto Rico. Se ha actuado, políticamente, como si no hubiese un límite a los recursos de nuestra pequeña y dependiente economía.
Los economistas han coincidido en que llego el tope de nuestra capacidad de endeudarnos y se reporto un déficit de $3.2 billones con un déficit de gastos sobre ingresos de un 40%. Las casas acreditadoras de esos préstamos para las autopistas, puentes y obras que disfrutamos, han advertido de esa discrepancia o déficit y la negativa a continuar aceptando bonos para préstamos a Puerto Rico. Ello, a su vez, representaría un estancamiento peor en nuestra economía gubernamental y personal, la pérdida de casi todos los empleos del gobierno y entre 5 a 15 años para una recuperación financiera. Esa es la dolorosa lección que estamos experimentando y de la cual debemos aprender y evitar mayores crisis. En la enseñanza de Jesús y en los evangelios, especialmente en de San Lucas, se insiste en que la acumulación material no es conducente a la felicidad y realización de la identidad espiritual y social del ser humano. No existe en el Nuevo Testamento tal cosa como una ‘Teología de la Prosperidad’ como algo dado por Dios.
El sentido del valor y dignidad del ser humano, junto a su naturaleza social, nos lleva a la organización y propósito del estado o gobierno. Según la teología social Católico-Romana y Anglicana y de otras denominaciones, se ha afirmado el lugar de la propiedad privada y el libre mercado a la par con una responsabilidad social de todos, pueblo y gobierno para el bien común. En una económica interdependiente el gobierno tiene la tarea de procurar el bienestar del pueblo, pero no en convertirse en un estado patriarcal.
No pretendemos tener todo el conocimiento, la verdad, ni única solución, sino el concientizarnos de las implicaciones morales, sociales, políticas y económicas que hay en la problemática actual. Por ello, afirmamos los siguientes principios como responsabilidad gubernamental, social y personal:
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La política fiscal de Puerto Rico tiene que evaluarse nuevamente evitando el error del uso del gobierno democrático (del pueblo y para el pueblo), para fines político-partidistas, enriquecimiento personal y el gigantismo centralizado de un estado patriarcal.
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Se deben dar a conocer objetivamente las políticas de ayuda en el proceso de transición para re-educación hacia nuevos empleos, desarrollo de pequeñas empresas, desarrollo de empresas locales y extranjeras, el cooperativismo y programas de ayuda.
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La búsqueda del bien común debe superar los oportunismos políticos y entablar un dialogo reconstructivo entre gobierno, empresas privadas y uniones laborales.
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Se debe promover una visión a largo plazo para el fortalecimiento de la economía que vuelva a posibilitar empleos a toda persona capacitada.
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El que esto se logre y se establezca un nuevo horizonte para Puerto Rico, requiere de la buena voluntad y del análisis empírico u objetivo de parte de todos los sectores de nuestra sociedad, incluyendo la Iglesia.
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Todas las instituciones gubernamentales, sociales y religiosas debemos enseñar, promover y dar el ejemplo en la solidaridad de las necesidades de las personas sin empleo y el trabajo voluntario como contribución solidaria como pueblo.
Abogamos, en conclusión, por una nueva etapa de planificación económica y social, responsable, sin ‘confrontación, sin odios ni amargura y todos/as trabajemos con paciencia y respeto hacia un mejor futuro y bien común.’
Mons. David Andrés Alvarez,
Obispo
Diócesis Iglesia Episcopal Puertorriqueña
Domingo 4 de octubre,
Festividad de San Francisco de Asís